Marisela Escobedo, crímenes sin castigo: Ciro Murayama

Uno se llega a preguntar, como si fuera posible establecer diferencia, cuál de las tres muertes de Marisela Escobedo es más dolorosa, indignante. Todas y cada una de ellas son desgarradoras: la primera es la de su hija Rubí de 17 años, desaparecida, asesinada, quemada y abandonados sus restos en un basurero por quien fuera su pareja y padre de su bebé. La segunda ocurre cuando un tribunal del Poder Judicial del estado de Chihuahua, en 2008, después de que Marisela rastreara al criminal huido e hiciera posible su aprensión, lo exonerase de todos los cargos y lo dejara en libertad. Marisela se hunde anímicamente pero no se rinde, ni por su hija ni por ella: impugna y logra revocar el fallo -en los dos sentidos del término- del tribunal y reemprende, de nuevo con sus escasos medios y el apoyo de sus hijos, la búsqueda del feminicida confeso y liberado hasta dar otra vez con él, ya convertido en un miembro del cartel de los Zetas, sin que la policía de Zacatecas atine a detenerlo a pesar de tenerlo cercado. Sola, desamparada por el Estado mexicano -a las autoridades locales les incomodaba su reclamo mientras que el presidente ni siquiera quiso recibirla- decide instalar un plantón frente al palacio de gobierno de Chihuahua, ante cuyo portal la noche del 16 de diciembre de 2010 es ultimada de un balazo como consta en la grabación de los equipos de la vigilancia inútil de la casa de gobierno.

La desaparición, el asesinato y la calcinación de Rubí, una menor de edad, madre a su vez de una pequeña, debería estremecer y poner en acción todos los resortes de los aparatos de justicia de cualquier país mínimamente comprometido con su misión básica: proteger a sus habitantes, cuidar de ellos. Rubí, lo sabemos, es una más de las miles de asesinadas de Ciudad Juárez, otra entre tantas desaparecidas cuyas familias buscan y lloran cada día. La muerte de Rubí es la constatación del machismo más violento, cruel e impune que se reproduce en nuestra sociedad carcomiéndola.

El asesino de Rubí dijo que ella se había ido “con otro bato” para después darse a la fuga, sustrayendo a la bebé que tenían en común. Tras recorrer arrabales de Ciudad Juárez y distribuir fotos de Rubí, sus familiares dan con un testimonio: la pareja de Rubí contó haberla matado y ayudado por su hermano se deshizo del cuerpo. Marisela logra dar con el criminal, que es procesado. Con el testimonio se localiza la ubicación precisa de los restos de Rubí: ahí los aventó él. Al cierre del juicio, el asesino pide perdón. Unos minutos después tres jueces, una mujer y dos hombres, lo declaran inocente. La primera muerte la propinó un pobre diablo, un vil delincuente; la segunda un tribunal de justicia. ¿Es una muerte peor que otra?

Una madre que perdió a una hija, un dolor inenarrable (el poeta Sabines advirtió que es tan honda la pena por la muerte de un hijo que ni siquiera existe una palabra para describirla, como sí hay para quien se queda sin padres o cónyuge). Marisela reclama a las autoridades de forma legal y pacífica. En ella siempre hay determinación, coraje y dignidad, nunca odio ni atajos para quebrar la ley: una ciudadana íntegra. En el ejercicio de su protesta, ese derecho constitucional, ocurre su tercera muerte. Sí, estaba amenazada; sí, le habían advertido; sí, se sabía que podía pasar y pasó, otra vez impunemente.

Nydia Mejía

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